Me gustaría volver a esos momentos. Me gustaría tanto...
La estoy mirando. Está a unos dos metros de mí, en la playa. En el fondo me gustaría ser como ella por un instante.
Jugar y jugar con la arena. Supongo que su mundo es como el de cualquier niño de su edad: jugar, comer, dormir. Recibir besos, más besos.
Y por la noche, sus sueños vendrán precedidos de besos mientras es arropada. Y sus mañanas vendrán precedidas de besos de buenos días.
Sus únicas preocupaciones imagino que consistirán en qué tendrá de merienda. O si jugará a esto o a aquello.
Ella me mira. Su mirada tiene una fuerza capaz de atravesar muros. Me mira fijamente, tanto que consigue que aparte la mirada unos instantes.
Quizás se esté dando cuenta. Lo dudo. Quién sabe. Quizás ella no quiera crecer y quiera seguir jugando eternamente con la arena. Yo no quería hacerme mayor.
Porque a medida que cumples años vas comprendiendo que la vida no es tan sencilla como parecía. Te das cuenta de que la vida muchas veces es muy complicada.
Y entonces ya no construyes castillos de arena. Ahora vas echando arena con una pala en un cubo diferente, muy distinto a los cubos con los que jugabas cuando eras pequeño.
Poco a poco la arena irá subiendo hasta llenar el cubo, para poder volcarlo sobre la arena. Lo que construyes no se trata de un castillo, se trata de tu vida.
Y puedes ir al mar y echar agua. Puedes incluso volcarlo y volver a echar arena. Pero antes o después debes conseguir construir algo definitivo. Intenta que no tenga fisuras. Intenta que no tenga grietas.
Intenta que el viento no lo derrumbe. Hazlo bien.
A.